Este artículo pretende ser un itinerario para despertar la curiosidad sobre la relación establecida entre procesos históricos represivos, la memoria de los mismos y el cómic.

Con ello, el autor pretende tan solo mostrar una pequeña introducción destinada al lector que tenga curiosidad en el tebeo como soporte de la memoria, así como también como fuente histórica.

En la primera parte del trabajo el autor considerará algunas propuestas y autores que han hecho de la memoria de la represión una parte importante de su trayectoria en todo el mundo. La segunda se centrará más en la temática española, donde el debate historiográfico, social y cultural en torno a la memoria histórica ha tenido su eco y trascendencia en la historieta española.

Por Roberto Fandiño. Profesor de historia. Educación Secundaria.

«La historia está escrita, en general, por los vencedores.

Todo lo que sabemos acerca de los pueblos asesinados es lo

que sus asesinos nos han tenido a bien contar. Si nuestros

enemigos logran la victoria, si son ellos los que escriben la

historia de esta guerra (…) también pueden decidir borrar nos

completamente de la memoria del mundo, como si no

hubiésemos existido jamás»1

«A modo de introducción

El miedo pesa, deforma los rostros, encoge las espaldas y arraiga profundo, hasta el tuétano. Se enseñorea de los cuerpos y las almas, secuestra los recuerdos, arrebata la voz, congela las emociones. Compañero del dolor, amante de la humillación, es el hermano gemelo de la represión, ese vasto instrumento de dominación capaz de someter al hombre, moldeándolo, privándole de la humanidad, convirtiéndole en una caricatura de sí mismo, un muñeco de palancas en manos de su ventrílocuo.

La represión se imprime en los rostros y en las almas, deja poso, escarba en el ser y perdura en el tiempo. Por eso se dibuja tan bien. Puede escaparse a las palabras, puede llegar a ser inexpresable, pero puede quedar atrapada por un lápiz atento. Muchas víctimas dibujan, otras escriben como si pintasen con palabras. La mano y el ojo ejecutan un dibujo permitiendo registrar, capturar, mirar de frente el rostro del horror, pero también documentarlo, dejar un testimonio.

Privada de toda dignidad, obligada a mascar el miedo, reducida a la pura animalidad, la víctima que cuenta y recuerda recupera su dimensión humana. El arte puede devolverle lo arrebatado por la violencia, rescatar la memoria de los hundidos, sacar a flote su humanidad maltrecha.

Lo que sigue a continuación está muy lejos de querer ser una reflexión teórica sobre la represión, sino más bien un muestrario de cómo esta ha aparecido retratada en caricaturas, viñetas y tebeos contemporáneos2. Su finalidad es la de trazar un modesto itinerario con el que mostrar al lector interesado una hoja de ruta con la que visitar el infierno de la represión política y social mediante la obra de algunos artistas contemporáneos.

Libre de cualquier brújula, corsé interpretativo o entramado teórico saltaremos en el tiempo y en el espacio para asistir al retrato insólito del sufrimiento impuesto al hombre por el hombre esperando tan solo una cosa: ser un despertador de curiosidad, una puerta abierta para todos aquellos que estén dispuestos a presenciar desde la secuenciada lente de las viñetas el recuerdo devastador del horror, las ruinas humeantes de la experiencia humana tras su paso por lo inconcebible.

 

1. Muerto en vida. Dibujar lo inenarrable

Nadie quiere creer que pueda existir el infierno en la tierra. De hecho, los testimonios de las víctimas siempre son recibidos con inequívocas exclamaciones de sorpresa: inefable, increíble, inenarrable, son palabras habituales para referirse a los mismos3. Sin embargo, contamos con cientos de estremecedores testimonios sobre lo ocurrido en los campos de exterminio, en las cárceles atestadas de las dictaduras, en las siniestras dependencias de los verdugos, en tantas y tantas cloacas por las que se dejan escurrir los crímenes de Estado.

A pesar de ello, sabemos que la violencia también se apodera del lenguaje, agarrota el recuerdo, trabaja con ahínco para el olvido creando neologismos, sepultando en el sótano del ser las experiencias más traumáticas, confinadas bajo losas de pánico, blindadas por fortificaciones capaces de crear la ilusión de un refugio tras el que atrincherarse para seguir viviendo.

No es extraño que haya quien desconfíe de la palabra cuando estas se han escrito en el limes de la propia condición humana, bajo el abuso de poder, atisbando entre imaginarios visillos la crueldad atroz de la ignominia con vertida en vida cotidiana. Por eso apelamos a la ingenua creencia de que el ojo es un testigo neutro, recurrimos a imágenes, fotos y dibujos como si estos pudiesen aportarnos la verdad desnuda, desprovista de retórica, privada de literatura4.

Cuando queremos narrar lo indecible las palabras pierden su significado y se vuelven abstractas, la mina del lápiz se reblandece como si fuese de goma, negándose a narrar tal y como nos han contado Jorge García y Fidel Martínez en su obra dedicado a las presas de la represión franquista5.

La obra gráfica no solo es un testimonio que fija el recuerdo, también nos obliga a rescatar lo recluido, lo inexpresado, esas imágenes que se agitan en la mente cuando se ha dejado de escribir, de narrar, cuando la grabadora del historiador o el periodista se ha apagado. Todo aquello que se desprende del abrumador silencio6.

Quien dibuja, indaga, busca, reconstruye, obliga a imaginar a rescatar, a recrear, aparece como contrapunto de esas manos firmantes de tratados impolutos, rubricados con plumas de lujo para engendrar fiebre, derribar ciudades, seccionar países y doblar el globo de muertos7.

Se dibuja para contarlo, para devolver la voz al testimonio sepultado, muerto en vida, aunque su afloramiento resulte doloroso. El trazo se enreda, investiga, se pierde en un laberinto de líneas mostrando toda la complejidad de las vivencias enquistadas en el alma, un cáncer encapsulado en la propia esencia del ser, capaz de revelar toda la oscuridad de la naturaleza humana, cómo el mismo instinto que te aferra a la vida te somete a la ley inclemente de la mera supervivencia.

Así lo constató Art Spielgman al descubrir el coste pagado por toda una generación que, como su padre, logró sobrevivir al Holocausto. La experiencia lo marcaría de por vida transformándolo en un ser desconfiado, tacaño, arrasado por la memoria del hambre y, en ocasiones, de una dureza e insensibilidad notables. Un hombre que sangraba historia, como quizás también lo había hecho Primo Levi al cuestionarse su propia humanidad8.

Cuando los trazos de toda civilización quedan difuminados por la barbarie, la violencia metódica, el odio implacable y frío, el lápiz afilado puede seguir delineando el sufrimiento, perfilando la dignidad entre la humillación, subrayando lo que no puede caer en el olvido, como ha venido haciendo Joe Sacco en sus últimas obras sobre la guerra de Yugoslavia o el conflicto palestino9.

A veces solo el grafito puede describir lo absurdo de un horror propio de las peores pesadillas de Kafka, las laberínticas prisiones de Piranesi, el grotesco, banal, anodino y burocrático terror opuesto a toda lógica, capaz de transformar lo impensable en normalidad10. En ocasiones, solo el dibujo es capaz de expresar cómo la cárcel está dentro de nosotros/as mismas y no a la inversa.

 

2. Contra la amnesia. Completar los espacios en blanco.

«La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la

memoria contra el olvido» 11

El verdadero arte de las viñetas consiste en contar, narrar, insertar el tiempo entre imágenes, comprimirlo en una secuencia capaz de dejarnos entrever todo un momento histórico a través del encuadre, como ha puesto recientemente en boca de Picasso Daniel Torres12.

De especial relevancia resulta esta virtud para sintetizar la memoria rota y fragmentada de la represión, aunando la expresividad del dibujo con la concreción de un texto tan sintético, como lleno de contenido. Los días de llamas de la Guerra Civil española, vertiginosas y famélicas horas de luz, oscuras y eternas horas nocturnas esperando llegar la letalidad caída del cielo.

Contemplando el arte testimonial de Carlos Giménez, puede uno asomarse a los abismos del pasado y del presente, atisbando el horror desde las persianas entreabiertas, imaginando la muerte, la sangre con la que se teñirá de rojo el nuevo día, reconociendo solo por el sonido de sus mortíferos estallidos las armas de guerra usadas contra civiles indefensos.

Asomándose a la secuencia magnífica de una serie de viñetas puede uno atisbar cómo es el mundo de las gentes que, atrapadas en los márgenes de la historia, se ven sacudidas por ella como marionetas bajo una tormenta. Como el rostro de los perseguidores se confunde con el de la propia muerte, calaveras uniformadas recorriendo ciudades desiertas, amordazando los recuerdos de los detenidos13.

Los ejecutores, trayendo consigo una aureola de crímenes, quebrando una tarde rutinaria de cualquier provincia o ciudad para estremecerla con los gritos y las detenciones, las ejecuciones en caliente y las osténtoreas muestras de virilidad alcoholizada y demente. Verdugos que saben donde se dirigen porque, como sus víctimas, también son hombres del pueblo, vecinos convertidos en pistoleros, con el alma llena de rencor, rencillas y resentimiento.

Así sorprende la guerra por ejemplo al joven doctor repúblicano Pablo Uriel, protagonista del Dr. Uriel dibujado por Sento, uno de esos personajes atrapados en la espiral demencial de violencia y represión desencadenada por la Guerra Civil, al igual que los pobres soldados obligados a morir en las trincheras retratados por Jaques Tardi14.

La pesadilla salta de las tapias de los cementerios, de las fosas comunes, los abusos y las violaciones a la vida cotidiana, incardinándose en los orfanatos y servicios sociales, haciéndose sitio en prisiones hacinadas, recoriendo las calles, las tabernas, los transportes públicos donde acosan la denuncia, la delación o la simple indiferencia de quienes antaño juraban amistad eterna.

Así lo retrata Jason Luttes en su magnífica trilogía sobre el Berlín de entreguerras en la que diferentes personajes se ven inmersos en la vorágine de una enajenación histórica iniciada con el fin de la Primera Guerra Mundial15. Luttes hace referencia a aspectos señalados con frecuencia en el relato de la dinámica represiva ofrecida por el cómic, como la perspectiva de género, la visión de los acontecimientos proporcionada por los artistas o la incardinación de los discursos políticos radicales entre las clases populares.

Esto permite al cómic no solo introducir el tiempo histórico entre sus diferentes secuencias de imágenes, sino también mostrar discursos de aquellos que han sido tradicionalmente víctimas de la exclusión y la represión en todas las sociedades por no comulgar con los papeles establecidos de antemano, por buscar formas de vida alternativos a los previamente otorgados por el sistema dominante, por defender su propia identidad sexual por encima de cualquier convención.

Con ello, quizás nos adentremos en una de las más feroces aristas del poliedro represivo, el que se ejerce sobre la esfera íntima de los ciudadanos. Esa inquina que reglamenta y uniformiza la vida de las gentes, supervisando desde las cartillas escolares a los dormitorios, impidiendo el pleno goce y la experimentación de la sexualidad, alimentado a la fuerza a las sufragistas en huelga de hambre o rapando los cráneos de las mujeres en toda clase de conflictos, hasta el punto de convertir esta práctica en una represión específica de género. Desde la Alemania de entreguerras, la Europa del este dominada por la alargada sombra del gulag hasta la dictadura de Franco en España, amar en libertad era un delito que podía costar la cárcel, el campo de concentración, el ostracismo o la muerte16.

En otras ocasiones, es el descubrimiento de la opresión ejercida contra otros lo que lleva al descubrimiento de hasta qué punto las personas han llegado a interiorizar el discurso represivo en el que han sido educados. Así le sucede al protagonista de la obra de Enmanuel Lepage,Muchacho, en el que las experiencias vividas en la revolución nicaraguense le conducen al descubrimiento de su homosexualidad y a su reivindicación17.

En definitiva, parece haber una línea imaginaria que  vivencias y trayectorias artísticas bien diferentes como la del japonés Keiji Nakazawa, la iraní Marjane Satrapi o el sirio Riad Satouff. Todos ellos comparten una visión de la novela gráfica en la que ésta se convierte, como ya había sucedido con la pionera Maus de Art Spielgman, en un nuevo soporte de la memoria18.

El mensaje de estos artistas es la importancia de luchar contra una amnesia que barre el pasado en sociedades sometidas a la violencia totalitaria, la tiranía, la discriminación, el abuso y la violación sistemática de los derechos humanos. En este sentido, la novela gráfica se ha transformado en uno de los principales receptores de los relatos destinados a divulgar el recuerdo de quienes pierden en todos los conflictos, los represaliados, los presos, los olvidados en los grandes lienzos de la Historia con mayúsculas.

Esto ha resultado especialmente destacado en países como España en el que los discursos sociales sobre el pasado no han acabado de cerrar de manera definitiva los capítulos relacionados con la represión franquista y la justicia reparadora sobre sus víctimas. No es extraño que las autoras y autores españoles, muchos de ellos emparentados con las personas represaliadas, no hayan dejado de reivindicar en sus obras tanto la memoria de las víctimas del franquismo, como el derecho a una reconstrucción del pasado que rellene los silencios y las ausencias de quienes perdieron la guerra, ninguneados y ninguneadas por el discurso oficial de los vencedores.

Claramente ligado con el auge social del discurso de la memoria histórica, no han dejado de surgir publicaciones en las que los autores reconstruyen el gris mosaico de la España de la posguerra y el silencio. Desde la obra de Sento, citada anteriormente, hasta la propuesta de Daniel Torres sobre el cómic como lenguaje ideal para abordar el relato del enfrentamiento propagandístico, no han dejado de surgir propuestas cuyo denominador común era mostrar las muchas caras del poliedro represivo franquista.

La cadena de silencio impuesta sobre la experiencia republicana aherrojó bajo su yugo aspectos tan distintos como la batalla por la supervivencia de los repúblicanos en los campos de concentración, así como su lucha contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial.

La guerra librada contra el fascismo en tierras de España volvía a tomar vida en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial, cuando los republicanos enrolados en ejércitos europeos y las republicanas desde la resistencia, luchaban en los frentes de la Segunda Guerra Mundial con la esperanza de que la victoria aliada trajese la derrota de Franco. Una ilusión cercenada pronto por la evidencia de una segunda derrota en la memoria del antifraquismo19.

El golpe de Estado que desencadenaría la Guerra Civil acabaría por arrasar los anhelos de toda una generación. Jóvenes, que encontraban en la militancia política o sindical, no solo una vía de socialización distinta a la del estrecho corsé de la pacata sociedad de su época, sino también un acceso a la cultura, la participación política y el deseo idealista de transformar su país en una sociedad más justa20.

Los y las protagonistas de muchas de estas historias solo tratan de sobrevivir inmersos en medio de una adversidad que les lleva de la pobreza a la guerra, y de esta al conocimiento de una miseria humana de la que no se libra ninguno de los bandos enfrentados.

No obstante, la mayor parte de los autores, coincide en dibujar la posguerra como una prolongación de la guerra en la que se ejerció una venganza cruenta sobre las personas vencidas, exterminadas sistemáticamente, hacinadas en prisiones, convertidas en ciudadanas de segunda, condenadas a la desaparición de la insignificancia y el ostracismo social21.

En conclusión, el comic español ha realizado un bosquejo del infierno para devolver una identidad perdida, callada, sojuzgada a quienes el torbellino de la historia arrolló. Pero también para resolver los problemas que aún a día de hoy las familias de quienes perdieron la guerra siguen teniendo con el pasado.

Se trata de llenar un vacío poblado por años de silencio, de rellenar espacios en blanco de una trayectoria familiar mutilada, incompleta de la que se habían perdido aspectos cruciales, como piezas de un puzle histórico que dejaban sin terminar el modelo.

El tebeo español se ha propuesto finalmente enfrentarse con los demonios de su pasado, completar una página incompleta con el fin de poder terminar de pasarla, completar la narración histórica devolviendo el protagonismo a quienes fueron arrojados a los márgenes de ella. Condenados a soportar una vida de privaciones, atados a una realidad social inmisericorde arrebatadora de la libertad y la vida, imponiéndoles la ocultación y el silencio. Demasiada carga para continuar soñando, demasiado lastre para ser capaces de despegarse del mísero suelo y practicar el discreto pero gozosoarte de volar22.

En este sentido, los dibujantes españoles no hacen sino evidenciar que el cómic sigue siendo un excelente camino para divulgar lo que el discurso oficial quiere callar. Recordar para poder olvidar, dibujar para contarlo.

NOTAS:

1. Rachel Ertel, Dans la langue de personne. Poésie yiddish de l’anéastissement, Le Seuil, París, 1993, p. 23

2. Este trabajo no tiene pretensión alguna de entrar en el extenso y manido debate sobre los nombres que deben proporcionarse a los tebeos. Cualquier apasionado de ese arte disfrutará de él le pongan los entendidos de turno el nombre que le pongan. Dejemos que ellos sigan discutiendo por las notas a pie mientras los demás seguimos leyendo tebeos, cómics o novelas gráficas.

3. Véase a este respecto la interesante propuesta de Vicente Sánchez-Biosca, “Representar lo irrepresentable. Sobre los abusos de la retórica” en Cine de Historia, cine de memoria. La representación y sus límites, Madrid, Cátedra, 2006, pp. 87-105.

4. Las imágenes como testimonio de un horror antes inimaginable ya fueron habituales desde las representaciones del infierno medieval como puede comprobarse en Umberto Eco, Historia de la fealdad, Barcelona, Randon House Mondadori, 2007, pp. 73-106. Pero, sin duda, quien deja una de las primeras reflexiones sobre la violencia en el mundo contemporáneo, además de sobre la función del artista como testigo del horror, es Francisco de Goya tal y como constató Susan Sontag, Ante el dolor de los demás, Madrid, Alfaguara, 2003, pp. 55-56. Para el nuevo tratamiento de la imagen fotográfica como fuente privilegiada sobre la reflexión acerca de la represión y la violencia puede verse Georges Didi-Huberman, Imágenes pese a todo. Memoria visual del Holocausto, Barcelona, Paidós, 2004, pp. 40-42. Una obra maestra sobre la apropiación de la palabra por parte de la violencia sigue siendo la de Víctor Klemperer, LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, Barcelona, Minúscula, 2001. La tendencia del terror a construir una realidad distorsionada ha quedado retratada a la perfección en la pretensión de asesinar a sus víctimas con todos los visos de legalidad puesta en práctica por el totalitarismo soviético, tal y como nos ha contado Gustaw Herling- Grudzinski, Un mundo aparte, Barcelona, Libros del Asteroide, Barcelona, 2012, p. 337.

5. Jorge García y Fidel Martínez, Cuerda de Presas, Bilbao, Astiberri, 2005, pp.94-95.

6. Los rostros silenciosos de las obras de Jan Komski pueden resultar un ejemplo más que expresivo sobre el horror, la fatiga y el sufrimiento que puede encontrarse tras un rostro dibujado, como puede verse en Robert Jan Van Pelt (Ed.), Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, Madrid, Musealia, Editorial Palacios y Museos, 2017, p.115.

7. Las palabras en cursiva en el poema de Dylan Thomas “La mano que firmó el papel” en Dylan Thomas, Poemas, Madrid, Visor, 1976, p. 45.

8. Art Spielgman, Maus. Relato de un superviviente, Barcelona, Planeta, 2001. Primo Levi, Si esto es un hombre, Barcelona, Muchnik, 2002.

9. Joe Sacco, En la franja de Gaza, Barcelona, Planeta, 2002; Notas al pie de Gaza, Barcelona, Random House, 2009 y El mediador. Una historia de Sarajevo,Barcelona, Planeta, 2006 por citar tan solo algunos ejemplos de este periodista y dibujante que ha convertido el comic en una nueva forma de reporterismo.

10. Mana Neyestani, Una metamorfosis iraní, Barcelona, La Cúpula, 2012.

11. Milan Kundera, El libro de la risa y el olvido, Barcelona, Seix Barral, 1984, p. 10.

12. Daniel Torres, Picasso en la Guerra Civil, Barcelona, Norma, 2018, p.66.

13. Juan Sasturain y Alberto Breccia, Perramus, Torino, 001 Ediciones, 2016.

14. El dibujante Vincent Llobel, Sento, recogió las memorias de guerra de su suegro, el Doctor Pablo Uriel, en las que se muestra sin asomo de maniqueísmo la impronta que la represión dejaría en la memoria de quienes vivieron la guerra civil española. El comic fue publicado en una cuidada autoedición en tres tomos publicada en Valencia en el año 2013 hoy prácticamente inencontrable. Afortunadamente, puede encontrarse una versión integral de la obra en Sento, Dr. Uriel, Bilbao, Astiberri, 2017. El propio Pablo Uriel había dejado testimonio del espanto sufrido ante el estallido de la violencia en su obra No se fusila en domingo, Valencia, Pre- Textos, 2008. Para los hombres del pueblo como parte integrante del aparato represivo puede verse la interesante propuesta de Carlos Gil Andrés, “También hombres del pueblo. Colaboración ciudadana en la represión” en Miguel Ángel del Arco, Carlos Fuertes y Jorge Marco (Eds.), No solo miedo. Actitudes políticas y opinión popular bajo la dictadura franquista (1936-1977),Granada, Comares, 2013, pp. 47-63. El papel de verdugos ejercido por quienes hasta hace poco no eran sino conciudadanos puede verse el estremecedor relato de Jan T. Gross, Vecinos. El exterminio de la comunidad judía de Jedwabne, Barcelona, Crítica, 2002. Dos buenos ejemplos de la obra de Jacques Tardi son La guerra de trincheras, Barcelona, Norma, 1993 y Puta Guerra, Barcelona, Norma, 2010.

15. Jason Luttes, Berlín. Ciudad de Piedras, Bilbao , Astiberri, 2005; Ciudad de Humo, Bilbao, Astiberri, 2008; Ciudad de Luz, Bilbao, Astiberri, 2018

16. A este respecto puede verse Mary M. Talbot, Kate Charlesworth y Bryan Talbot, Sally Heathcote sufragista, Barcelona, La Cúpula, 2018. Los amores prohibidos en el universo del este europeo sometido por la bota estalinista en Rubén Pellejero y Denis Lapiere, Un poco de humo azul, Bilbao, Astiberri, 2018. Ambos autores ya habían indagado ese territorio en El vals del Gulag,Barcelona, 2005. El rapado de pelo como una forma de represión específica de género puede verse Yannick Ripa, “La tonte purificatrice des républicaines pendant la guerre civile espagnole” en Les Cahiers de l’Institut d’Histoire du Temps Present (I.H.T.P.), nº 31 “Idéntites féminines et violences politiques (1936-1946)”, París, 1995, pp. 39-51. La represión como una pesadilla cotidiana para un homosexual en la posguerra española en Arnau Sanz,Tibiris, Barcelona, Norma, 2017.

17. Enmanuel Lepage, Muchacho, Managua, Embajada de Francia en Nicaragua, 2010. Esta edición en castellano en prácticamente inencontrable. Existe una versión de la editorial Glenat, Barcelona, 2007.

18. Kenji Nazakawa, Pies descalzos. Una historia de Hiroshima (4 vol), Barcelona, Debolsillo, 2015-2016. Marjane Satrapi, Persepólis, Barcelona, Norma, 20017. Riad Satouff, L’Arab du futur. Une jeunese au Moyen Orient (1978-1984), Paris, 2016. Hay traducción española de esta obra en la editorial Salamandra.

19. El papel de los republicanos españoles en la Segunda Guerra Mundial en Paco Roca, Los surcos del azar, Bilbao, Astiberri, 2013.

20. Para el idealismo de los jóvenes militantes y la crudeza con la que fueron cercenados sus sueños por la represión Jaime Martín, Jamás tendré veinte años, Barcelona, Norma, 2017.

21. Miguel Gallardo, Un largo silencio, Bilbao, Astiberri, 2012.

22. Miguel Francisco, Espacios en blanco, Bilbao, Astiberri, 2017. Antonio Altarriba y Kim, El arte de volar, Alicante, Ediciones de Ponent, 2010.

 

Nota: Este artículo forma parte del Dossier sobre La Represión de la Revista Libre Pensamiento nº 97.

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