Libre Pensamiento 88 - El hilo conductor: La globalización del nacionalismo

¿Qué está pasando? Son muchos los síntomas de que algo está sucediendo, muchas las señales que se están mandando desde lugares muy diferentes del planeta, alertando de que el mundo está cambiando, de que los parámetros con que “gestionábamos” la realidad ya no sirven, señales que convendría analizar e interpretar para intentar comprenderlas y ver si existe un hilo de continuidad entre ellas porque son señales inequívocas de lo dañada que está la sociedad y el perjuicio que pueden provocar a la mayoría de la población.
Desde el mundo del pensamiento, del análisis político, la creatividad, la cultura, el activismo social y político..., se hacen esfuerzos por encontrar una explicación global, integradora, que dé sentido “lógico” a dichos eventos.
La recientísima elección de Donald Trump como presidente de EEUU es uno de esos acontecimientos, el último, quizás el definitivo, el más trascendental, el que previsiblemente marque un antes y un después de cara a que la sociedad civil activa, los movimientos sociales, en algunos casos languidecientes, salgan de la somnolencia y el letargo para poner freno a esta espiral de demencia colectiva que nos envuelve. Ojalá así sea.
Estamos hablando de un personaje que no responde a ninguno de los cánones preestablecidos, que no ha disimulado su xenofobia, racismo, machismo, belicismo, islamofobia, homofobia, que llega a negar el cambio climático, que como multimillonario y empresario se jacta de evadir impuestos, de explotar a las trabajadoras y trabajadores; un personaje que hace ostentación de su riqueza, que miente sin rubor, que actúa sin complejos, ignorante, casposo y excéntrico, un presidente histrión y basura, como lo califica Manuel Vicent.
Pero no podemos olvidar que ha sido un personaje que han votado casi sesenta millones de personas de los doscientos veintisiete millones posibles (en torno al 26%) y que está siendo felicitado no solo por múltiples representantes políticos de extrema derecha de la UE y el resto del mundo sino por otros de la derecha y la social- democracia como Rajoy, Hollande o Merkel, dado que van a tener que negociar, pactar, someterse a Trump en aras de la razón de Estado.
Los analistas, también ahora, se esfuerzan por explicar este resultado, por ver qué sectores sociales lo han apoyado, cuál es el perfil de sus votantes, su origen, su color, su sexo, su estatus económico y social, su residencia rural o urbana, su nivel educativo y cultural o los medios de información que utilizan (la mayoría de quienes han votado a Trump no leen prensa escrita ni se informan por los noticiarios informativos, lo hacen exclusivamente por redes sociales).
Quien le ha votado, nos cuentan, es alguien que rechaza el establishment, la casta política, el ejercicio del poder convencional
que representa Whashington y que Hillary Clinton encarnaba al cien por cien.
Efectivamente, son muchas las variables sociológicas, geopolíticas... a considerar, pero la realidad es que algo está ocurriendo  para que ese mismo pueblo americano estadounidense haya pasado de votar en 2012 a lo que Obama representaba en su imaginario a votar al adefesio de Trump.
Pero esta inmoralidad que representa la elección de Trump, no es un caso aislado. Sus mensajes propagandísticos son simples, directos, sin demagogia, maximalistas, propios del reality show que tan bien conoce y maneja Trump, capaces de abarcar los 140 caracteres de un mensaje de las redes sociales. Son mensajes que atienden directamente al plano emocional del votante, primero generándole odio y miedo y, posteriormente, aportándole como solución su venida como “mesías” salvador que les va a defender y salvar.
Mensajes de odio y acoso al musulmán, al homosexual, al extranjero hasta crear la necesidad de expulsar a las y los inmigrantes porque vienen a quitarnos el trabajo; son terroristas, violadores, yihadistas, drogadictos, traficantes; lo primero es tu país, la grandeza de tu país, de ser patriota; el sistema es corrupto; hay que acabar con el estado de bienestar y la solidaridad social; nadie te ayuda; tienes derecho a usar las armas para defenderte; las inversiones hay que hacerlas en nuestro país; hay que volver al proteccionismo de nuestros productos... o como señala Anne Applebaum, son mensajes que también van contra los derechos de la mujer, contra las minorías, por el aislacionismo y contra la colaboración internacional y los derechos humanos.
Como apunta el Roto en una viñeta reciente, con motivo de la elección de Donald Trump: “La clave es hablar alto y pensar poco”. Aquí en nuestro entorno europeo, estamos asistiendo impasibles a la barbarie que supone la negativa a integrar en nuestras sociedades y dar asilo a las y los refugiados de la guerra de Siria.
Toleramos y consentimos recluir en campos de concentración a las personas refugiadas para que mueran en la indigencia y desesperanza. Soportamos la existencia de los centros de internamiento en los que se encarcela a migrantes por el mero hecho de no tener documentación.
Algo está pasando cuando en nuestro país gana una y otra vez las elecciones un partido que está sentado en el banquillo por
corrupción y cuenta con decenas de responsables políticos encausados; cuando Rajoy o Feijóo reciben el apoyo de miles y miles
de trabajadores/as, desempleadas; cuando se produce una descomposición de la socialdemocracia orquestada por importantes medios fácticos y de comunicación que harían sonrojar a cualquier persona con conciencia social o cuando la movilización y militancia en los movimientos sociales y el sindicalismo alternativo no llega a despegar o simplemente está en
horas muy bajas.
¿Qué está pasando cuando el pueblo británico vota el Brexit y lo hace en función de unas mentiras que poco importa desenmascararlas? Unas mentiras que se asemejan a muchos de los mensajes lanzados por Trump: aislacionismo nacionalista para tomar nuestras propias decisiones; cerrar fronteras a las y los extranjeros; nosotros los blancos los primeros; nuestro dinero para nosotros; quieren invadirnos e islamizarnos.
¿Qué está pasando para que una ola de nacionalismos de extrema derecha esté invadiendo la realidad y se haga como reacción
al extranjero? ¿Es la elección de Trump el último y definitivo peldaño para que el mundo reaccione? ¿Tenemos que resignarnos al advenimiento de líderes mesiánicos de extrema derecha que centran sus respuestas y soluciones a la crisis económica y sistémica del capitalismo globalizado desde el odio al extranjero? ¿Son posibles otras alternativas al desencuentro real que existe entre la mayoría de la población y el sistema económico, social y político?
Es de nuevo la hora de los movimientos sociales. Cuando en anteriores periodos históricos más o menos recientes, el sistema daba síntomas de agotamiento para la vida y libertad de las y los de abajo, fueron los movimientos sociales quienes protagonizaron los procesos de cambio y alternativas. Recordemos Mayo del 68; la caída del Muro de Berlín en 1989; la revolución zapatista en 1994; los movimientos antiglobalización desde Seattle en 1990; el movimiento contra la guerra de Iraq de 2002; la Primavera árabe de 2011; el Movimiento 15M; Occupy Wall Street de 2011..., los grandes movimientos sociales que han plantado cara al establishment siempre desde lo alternativo, lo antiautoritario, lo horizontal, lo libertario y constructivo como el movimiento obrero antiestatista, el feminista, el ecologista, el pacifista o antimilitarista, el movimiento okupa, el movimiento
decrecentista o el movimiento por la soberanía alimentaria, el movimiento antiausteridad libertario en Grecia, el movimiento
popular social y piquetero en Argentina tras la crisis del corralito, etc.
Es la hora de las respuestas sociales, de los movimientos sociales, la hora de la sociedad civil frente a la invasión ideológica de
la extrema derecha que se está produciendo, neonazi en muchos lugares, porque sí hay un hilo conductor en lo que está sucediendo que podríamos definir como el proceso de la “globalización del nacionalismo-antiglobalización” como señala Timothy Galton, pervirtiendo así el contenido histórico de los movimientos antiglobalización, para pasar de ser un movimiento antiglobalización–anticapitalista a ser interpretado en un sentido nacional–autoritario.
Como indicaba muy lúcidamente Manuel Castell, en el siglo XXI, el capitalismo globalizado ha eliminado, de facto, la hegemonía de los estados y ahora tras el fracaso de la globalización como consecuencia de la crisis del capitalismo financiero, se vuelve la mirada con nostalgia hacia el estado-país, al aislacionismo, a la toma de decisiones propia frente a las instituciones supranacionales tan alejadas del día a día de la población.
Figuras como el premio nobel de economía Paul Krugman advierten sobre lo que supondría que EEUU se pueda convertir en
un país corrupto en manos de tiranos, llegando a llamar a la movilización para luchar por la verdad, la libertad y seguir respetándose a sí mismo.
Resulta imprescindible estar vigilantes, revitalizar el activismo social, reactivar los movimientos sociales como cauces de participación y poner freno a la deriva nacionalista.
El reciente Libre Pensamiento 88 reflexiona sobre estos aspectos en un dossier sobre las relaciones de los Movimientos sociales y el poder.

 

 

Jacinto Ceacero

 

 

LIBRE PENSAMIENTO 88

 

 

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